Crónica
Por: Lizeth Cano Mesa
A eso de las 5:30 a.m sonó el despertador como era de costumbre, despertando rápidamente a Margarita, una joven de tan solo 15 años y en cuya edad, la mayoría de los jóvenes se aperezan para levantarse a esas horas. La joven se alista para dirigirse a su colegio, Institución Educativa Santa Teresa, y cuando ha terminado, sin comer cosa alguna, sale de su casa a paso rápido sin siquiera despedirse de su madre.
La estudiante entra a su primera clase a las 6:15, saca sus libros y mientras es llamada para la revisión de su tarea, espera impaciente, como si lo poco que llevara del día fuese suficiente.
-Margarita Castro Cárdenas por favor bajar a la rectoría-anuncia la rectora del colegio sin dar motivo alguno del llamado.
La joven baja, y cuando llega, mira que al lado derecho de la rectora se encuentra Dina, una mujer que vivía en su casa desde hace poco, y cuyos ojos no sostenían la mirada sino que supuraban lentas, pero desconcertantes lágrimas.
-¿Qué pasa?-pregunta Margarita sin saber qué ocurre.
El silencio se apodera de la situación, y sin ánimo de esperar más, ella insiste en saber qué ha ocurrido-¿a caso se trata de mi mamá oh...? (en esos momentos lo único que se viene a la mente es lo peor).
-Mira, esto que te vamos a decir no es demasiado grave, pero queremos que tomes las cosas con calma-dice la rectora no muy convencida de cómo lo fuese a tomar la muchacha, e inmediatamente, es interrumpida por las palabras de Dina
-Es tu hermano, Omar o Mauricio, no recuerdo el nombre de cuál de los dos. Sufrió un accidente.
Era lunes 20 de junio del 2005, quizás el peor lunes de su vida porque no tenía la más mínima idea de que sucedería en adelante. Soltó algunas lágrimas y corrió de prisa al salón para buscar sus cosas e irse a su casa para saber qué estaba pasando.
En el camino a hacia la casa, mientras todo el mundo dormía, Margarita en compañía de su inquilina, solo pensaba en no encontrarse con una noticia devastadora; ponía la situación a manos de Dios; a veces lloraba, otras no. Pero lo que sí es cierto, fue que en todo el camino no prenuncio palabra alguna.
Cuando llega a la esquina del teléfono público que estaba ubicado dos cuadras a bajo de su casa. Lo primero que ve es al papá de sus hermanos, don Hernán -como ella le decía- hablando por teléfono celular y no tan a gusto, quien cuelga inmediatamente y le dice mirándola fijamente, sin disimular la gravedad del asunto, y de una – mataron a su hermano Mauricio.
Margarita No entendía qué escuchaba, y dejo caer su cuerpo en la calle fría de pavimento gris; gritaba descontrolada, lloraba devastada y las esperanzas que quedaban lentamente se apagaban.
Súbala a la casa-dijo don Hernán casi frio y sorprendido por la reacción de Margarita-. Pero era de esperarse, porque no todos los días uno se levanta con uno menos de la familia, y mucho menos pasa por la cabeza que a tu hermano mayor, el que más quieres, será la víctima de la irracional sociedad.
Ya eran casi las 8:30 de la mañana, cuando entró muy de prisa la joven .inmediatamente ve a su madre tirada en el suelo del cuarto, al lado del teléfono, como si desde el momento de recibir la noticia ,estuviera esperando recibir la llamada de su ya fallecido hijo.
Los vecinos que allí se encontraban lograron calmar a ambas mujeres, mientras que el papá de Mauricio llamaba para alistar el trasporte del cadáver de su hijo, el que se encontraba en Necoclí –Antioquia ¡el terreno de su tío!.
En seguida los tres se dirigieron a la casa de los abuelos, para esperar desde allí el cuerpo del joven muerto.
Fue el camino más largo, pese a la situación llena de desconsuelo, aunque con la tibia esperanza de que todo fuese tan solo un oscuro sueño o una simple confusión.
A las 10:30 de la mañana, en una casa cuyo barrio es mejor no nombrar, se encontraba reunida toda la familia de Mauricio, incluso los que estaban en otras ciudades, como para demostrar que estaban en el duelo y servirían de apoyo y desconsuelo.
¿Cómo se murió?, ¿Qué le paso?
¡Se sabía que eso iba a pasar en algún momento!-era lo único que la familia Rendón murmuraba a espaldas de la aniquilada madre.
-Como que iba en la moto con un amigo después de rumbear, se chocaron con una vaca.
Era de lo único que se hablaba, y mientras tanto, la joven Margarita trataba de pensar en otra cosa porque aun no lo creía.
(Continúa)…
viernes, 14 de agosto de 2009
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