domingo, 23 de agosto de 2009

Volver a contar

La Enemiga


Virgilio Díaz Grullón
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La Enemiga
(Resumen)

Recuerdo el día en que papá trajo la muñeca en una caja de cartón, envuelta por papeles de colores y atada con un listón rojo. Era justo el día del cumpleaños número 6 de Esther mi hermanita, y desde entonces las cosas empezaron a cambiar.
Las vacaciones de verano estaban comenzando, y habíamos acordado hacer muchas cosas, como cazar mariposas, separar sellos y construir un refugio en la copa más gruesa del árbol. Pero con la llegada de la muñeca, las cosas empezaban a tardar.
La muñeca abría y cerraba sus ojos, y tenía pestañas negras como su fuese una persona, vestía un atuendo que dejaba descubierto sus piernas y, su piel era tan tersa y reseca, que parecía un esperpento.
En el momento que Esther sacó su muñeca de la caja, salió corriendo al jardín a jugar con ella, y yo había pasado a un segundo plano.
Mi hermanita no se separaba de su regalo, cenaba y dormía con este, siempre estaban juntos. Y yo por mi lado intentaba animarme solo.
La situación era compleja, y yo tenía que hacer algo para evitar que la monstruosa usurpadora acabara con las vacaciones.
Una noche, pasados cuatro días de la estadía de la muñeca, me dirigí en cuclillas al cuarto de mi hermana cuando todos estaban durmiendo; y cuidadosamente la cogí del lado de Esther. Tomé una toalla del baño y rápidamente busque la caja de herramientas de mi papá, me dirigí al jardín, extendí en el césped la toalla y puse la muñeca allí.
Plácidamente trituré con un martillo la cara de la pálida muñeca, destrocé sus extremidades con un cuchillo y, escuchando su último gruñido, terminé con su torso.
Al día siguiente, en medio de llantos que no cesaron después de tres días, mi hermanita reclamaba su muñeca. Ella presentía que había sido yo, y con su mirada me acusaba. Sin embargo no decía nada, pues mis papas le decían que de seguro la había olvidado en el jardín el día anterior del hurto.
Pasaron los días y el ambiente se había calmado. Esther y yo ya jugábamos e incluso habíamos logrado separar los sellos y construir la casita del árbol.
Hacia finales de verano, llegó otro regalo, pero ya no fue papá quien lo trajo, sino mamá. Esta ocasión era otra muñeca envuelta en una frazada color rosa.
En las noches, mamá colocaba cuidadosamente la nueva muñeca al lado de Esther, mientras le susurraba palabras.
La complicidad era innegable, pero esta vez no me sentía intimidado, pues las herramientas de papá estaba en el mismo lado, y en la noche todo el mundo se sumergía en un sueño profundo.

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